¿Es la política pura pasión o se puede medir?

Casi siempre que se acerca un proceso electoral, o cuando estalla una crisis en tu feed de redes sociales, la política se convierte en el plato principal de las discusiones familiares y los chats grupales. De pronto, todo el mundo tiene una opinión absoluta sobre lo que el gobierno debería o no debería hacer. Las pasiones se desbordan y las posturas se atrincheran.

Opinar desde la pasión ciudadana es una reacción natural y legítima. Pero cuando decidimos observar esto con rigor analítico, las reglas del juego cambian. La ciencia política va mucho más allá de las filias y fobias personales. Nos exige ponernos unos lentes distintos para observar la realidad empírica.

Desmontando el reloj del poder

Josep M. Vallès traza una línea muy clara entre esa política que vivimos en el día a día —cargada de urgencias, emociones y preferencias ideológicas— y el análisis sistemático de la misma. Como bien plantea en su obra introductoria a la disciplina, la tarea de quien estudia la política no es gritar más fuerte en la arena pública, sino desmontar el reloj para entender cómo funcionan sus engranajes.

Para lograr ese análisis riguroso, necesitamos herramientas conceptuales precisas. Y aquí es donde siempre aparece uno de los gigantes de la sociología política: Max Weber. Cuando hablamos del Estado, no nos referimos simplemente a los edificios gubernamentales o a la burocracia que nos cobra impuestos. En su célebre conferencia La política como vocación, Weber nos entregó una definición que sigue siendo la piedra angular para entender el poder:

«…el Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el «territorio» es un elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima» (Weber, 1967/1996:83).

Pensemos en la crudeza de esta idea. La violencia y la coerción están presentes en nuestras sociedades, pero hemos acordado que solo una entidad tiene derecho a ejercerlas de manera «legítima». Si un particular te encierra en una habitación, es un secuestro; si lo hace el Estado dentro de su marco legal, es una pena de prisión.

Esa legitimidad aceptada para usar la fuerza es, en el fondo, lo que sostiene toda la arquitectura del poder político moderno.

Cuando la teoría choca con la realidad

Pero la realidad a veces desafía a los libros de texto.

Miremos la reciente crisis de seguridad en Ecuador, o incluso el fenómeno de las «zonas marrones» que conceptualizó Guillermo O’Donnell para América Latina. En los últimos años, hemos observado cómo distintos Estados han visto fracturado su control territorial. Actores no estatales, como las redes de macrocriminalidad, han comenzado a disputar con éxito ese monopolio de la coacción.

Cuando un grupo criminal ejerce funciones de gobernanza, cobra «impuestos» (a través de la extorsión) y administra castigos en un territorio donde la policía formal ya no entra, la teoría de Weber cruje ante nuestros ojos. El Estado formal deja de ser el único jugador con capacidad coercitiva real.

El Dilema

Te dejo esta provocación para que la pienses o la debatas en los comentarios:

Si la esencia del Estado es monopolizar la violencia, pero en las noticias vemos territorios enteros controlados por mafias locales que ejercen una gobernanza criminal, ¿qué ocurre con ese concepto? ¿La teoría de Weber ya caducó frente al siglo XXI, o simplemente estamos documentando empíricamente el surgimiento de «Estados fallidos»?

Referencias y lecturas sugeridas:

  • Vallès, J. M. (2000). Ciencia política: una introducción. Barcelona: Ariel.
  • Weber, M. (1967/1996). El político y el científico. Madrid: Alianza Editorial.
  • O’Donnell, G. (1993). Acerca del estado, la democratización y algunos problemas conceptuales. Un enfoque latinoamericano con referencias a países poscomunistas. Desarrollo Económico, 33(130), 163-184.

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